El anzuelo


Había una vez un pececito muy imprudente. Digamos que siempre le gustaba jugar con el peligro. El, tenía una peligrosa adicción, le encantaba jugar con los anzuelos de los pescadores y con las redes de los barcos. Todo el mundo le decía que no lo hiciera pues era demasiado peligroso, estaba jugando con su propia vida. Pero el, al igual que otros peces amigos que tenía, no le daban importancia a esto.
Un día, haciendo lo que le era de costumbre, se quedó enganchado en un anzuelo. Con desesperación veía cómo era llevado hacia la superficie. Con mucha suerte, por así decirlo, logró zafarse del anzuelo. Volvió a las profundidades del océano con toda la boca lastimada. Esto le sirvió de lección, pero no por mucho tiempo. Pasado unas semanas estaba de nuevo en su apasionante y peligrosa adicción, jugar al escape con los anzuelos y redes. Pese a la advertencia de los demás y a que varios de sus amigos que hacían lo mismo que él y dejaron, siguió neciamente haciendo lo que se le antojaba. Creía que nunca le iba a pasar.
Ahora, ese pez, ya no está en el océano. Se comenta que alguien vio cómo era atrapado por unas de las redes y extraído hacia la superficie. Así y todo, siempre hay algún que otro pez que sigue haciendo lo mismo.
¿Por qué tenemos que jugar con cosas peligrosas para nuestra vida? Aunque a veces logramos zafar de nuestro fin, seguimos haciéndolo. Muchas veces nos comportamos como este pececito. ¿Hasta cuándo lograremos salvarnos?

El sol desapareció


Había una vez , en una zona de altas montañas, una águila que enseñaba a su pichón a volar. Aquellos días de verano eran benignos y de cielo despejado. Un día, llegado el otoño, el cielo se cubrió de densas nubes negras. El pichón, acostumbrado a ver el cielo y el sol, pegó un grito de desesperación. No veía ese manto celeste con su sol resplandeciente. El águila, viendo esto, le pidió que le acompañara. Juntas remontaron vuelo en dirección a las nubes. Luego de una trabajosa travesía, ambas estaban por encima de las nubes. El pichón estaba loco de alegría, se había superpuesto a esas negras nubes que le ocultaban su sol y su manto azul.

Creo que a veces debiéramos desplegar nuestras alas y animarnos a volar más alto.